SUEÑOS MORTALES


Dicen que soñar es morir un poco y yo digo que admito ese morir con el nombre de la persona amada en mis labios y su cuerpo entre mi sueños. Dicen que soñar es sumirse en las irrealidades de la mente, en una locura de la química cerebral trastocada para poder seguir viviendo. Bendita cuando la sueño enredada entre mis brazos mientras las palabras surgen abrasadoras por la urgencia del amor.

Incluso en los sueños nos escondemos de miradas ajenas, curiosas e inquisidoras que no admiten el amor soñado; miradas obscenas a la vez que críticas, hipócritas y que envidian ese lejano amor. En sueños nunca vamos vestidos; nos sobra todo salvo nuestros cuerpos ligeros, como flotando entre nubes que nos sirven de lecho para nuestros juegos de amor. En sueños todo es diferente, incluso el escenario. En sueños de amor el único temor es la llegada del final, ese fin súbito que nos estrella contra la realidad.

Decía Mario Benedetti, uno de mis muchos muertos, que:

Los sueños son pequeñas muertes,

tramoyas, anticipos, simulacros de muerte,

el despertar en cambio nos parece,

una resurrección y por las dudas,

olvidamos cuanto antes lo soñado.

A pesar de sus fuegos, sus cavernas,

sus orgasmos, sus glorias, sus espantos,

los sueños son pequeñas muertes,

por eso cuando llega el despertar

y de inmediato el sueño se hace olvido,

tal vez quiera decir que lo que ansiamos,

es olvidar la muerte,

apenas eso.

Don Mario es que sabía en exceso de temas amorosos, y de sueños ni te cuento. Los tuvo de todos los colores y sabores. Amó tanto que tenía el doctorado. Se llevó muchos secretos que los iniciados ansiamos. Yo hice un máster con sus poemas, pero nunca es suficiente, por eso sigo buceando en ese conocimiento.

 Hay amores egoístas, acaparadores, absorbentes y destructivos que semejan a un producto adquirido y cuya propiedad se pelea de forma obsesiva. Esos son amores matadores. No dejan vivir ni respirar al amor, lo asfixian angustiosamente. Esa forma de amar crea desgraciados.

El amor es fusión en libertad, aunque suene contradictorio. Es un tema para dos almas libres que no soportan rémoras en su vida de pareja. Conozco pocas de esas parejas, quizá ninguna, o solo alguna que me lo parece. En amor es difícil valorar, como en tantas cosas de la vida. Nacemos sin libro de instrucciones – gracias sean dadas – y vamos improvisando mientras nos despeñamos, caemos y medio nos ahogamos en el largo camino del aprendizaje. Algunos nunca aprendemos y rebotamos de fracaso en fracaso, hasta que nos llega la última lección a aprender, que es el morir, cosa que, como el nacer, hacemos solos.

Decía el poeta Antonio Gamoneda que:

 Yo no entro en ti para que tú te pierdas

bajo la fuerza de mi amor;

yo no entro en ti para perderme

en tu existencia ni en la mía;

yo te amo y actúo en tu corazón

para vivir con tu naturaleza,

para que tú te extiendas en mi vida.

Ni tú ni yo. Ni tú ni yo.

Ni tus cabellos esparcidos aunque los amo tanto.

Sólo esta oscura compañía. Ahora

siento la libertad. Esparce

tus cabellos. Esparce tus cabellos.

 Y es que la posesión nunca fue cosa buena. Los poetas son sabios, ya digo.

Recuerda: ama o desprecia, pero nunca olvides en tus sueños.

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