LA CONQUISTA DE TENOCHTITLÁN


 
"¿Quién de vosotros estaría dispuesto a elegir la muerte vergonzosa de ser sacrificado sobre la piedra y sentir que le arrancan el corazón? ¿Quién podría pensar en rendirse? ¿Quién podría ignorar que la única salvación posible ha de ser lograda por nuestras armas? Oíd: Llamamos a Dios en nuestra ayuda, porque nadie más que Él puede ayudarnos. El enemigo es fuerte; lo acabo de comprobar con mis propios ojos; se trata de verdaderos guerreros y no de grupos armados. Pero sabeis que entre los indios cada ejército sigue solamente a su propio jefe y que no existe un jefe supremo, un general que mande al conjunto. Si su jefe muere, sus soldados huyen, por eso cada jefe  que muere significa una ventaja de cien hombres; he distribuido los jinetes; estarán en el punto donde hagan más falta. No tenemos cañones y así es que habremos de ganar la victoria a fuerza de puños."
 
Atronó el grito de "¡Santiago!". Los ojos brillaron como espadas desnudas y el griterío rompió el silencio anterior. Olmedo alzó en alto un crucifijo. Se dieron armas a las mujeres.
 
Avanzaron en esta forma unos centenares de metros hacia el enemigo. Llovieron flechas y piedras que en su mayoría rebotaban contra los escudos y corazas. Estaban ahora los españoles frente al más fuerte ejército de los indios. Los cronistas posteriores exageraron evidentemente su número, pues lo hicieron llegar hasta los cien mil; otros se contentaron con cincuenta mil; pero aun así, la apreciación más modesta que se ha hecho de este número es de treinta mil.
 
Al ocurrir el choque, se abrió una estrecha y relativamente larga brecha en las filas enemigas. La formación de hierro penetró a golpes sordos entre la multitud pintarrajeada de los indios; el hierro agujereaba los pechos desnudos; cayeron a centenares. Los caballos se emborrachaban con la sangre y sus cascos golpeaban mortalmente la blanda y desnuda carne. Sólo eran veinte jinetes, forrados de hierro de pies a cabeza, lo mismo que sus caballos. Como centauros, se arrojaban con la lanza baja entre las filas de oscuros indios que volvían a cerrarse casi instantáneamente. El estrépito era enorme. De las gargantas de diez mil mejicanos salía el retador grito de guerra y coros de aullidos aumentaban el espanto. Los veteranos callaban, se limpiaban la sangre de sus manos y mejillas y miraban hacia el cielo donde brillaba implacable el sol tropical que enviaba sus rayos perpendicularmente sobre sus cabezas. Los veteranos miraban al cielo; la sangre les refrescaba con su humedad. No habían bebido ni un solo sorbo de agua y por unos momentos sus brazos extenuados se abatían…… Pero las hordas atacaban de nuevo, volaban los lazos por el aire y si lograban enroscarse a sus cuellos…..
 
La brecha se fue profundizando; los jinetes penetraban más entre las filas enemigas. Pero la situación se hacía más peligrosa, más desesperada. Aquella cuña de hierro continuaba su presión, pero el roce la desgastaba. Los jinetes se batían magnificamente. En grupos, limpiaban el terreno, ya aisladamente, o en forma compacta, cargando hacia delante o hacia los lados. Se oía a Cortés, que gritaba: "Los jefes…arrojaos contra los caciques…".
 
Las ballestas estaban con los nervios tensos y volaban las saetas silbando, deshaciendo las ligeras corazas de cuero y plumas. De vez en cuando se veía desplomarse una figura de soberbia diadema de plumas y capa bordada. No había armas de fuego; los mosquetes estaban callados o sólo eran usados como si fueran mazas. Llegó el mediodía; hambrientos y sedientos, sangrando por mil heridas, resistían aquel combate sangriento y costoso, sin esperanza, rodeados de aquella multitud de indios siempre en aumento, inagotable.
 
Llegó un momento en que sintieron ya en sus mejillas el aliento de la muerte. Todo ha terminado, pensaron; pero continuaron juntos y su formación no se deshacía al embate de nuevos asaltos. Pero apenas podían ya levantar la espada ni sostener el hacha; dejaron caer la lanza. Los caballos resoplaban y, sobre su pecho, brillaban espumarajos sanguinolentos. "Esto es el fin", se decían los unos a los otros. Solamente quedaba ya rezar un Avemaría; pero no podían ni moverse. Cuando a uno le acertaba una flecha en el rostro, se le arrastraba detrás, en medio del cuadro, donde las mujeres trataban de detener la hemorragia…. "Se acabó"….. En algunos puntos se desmoronaba el cuadro y se abrían brechas. Los que por ellas penetraron fueron matados a golpes; pero todo era en vano; la multitud inagotable que los rodeaba y los estrangulaba crecía más y más y nuevas columnas enemigas, de refresco, se lanzaban al asalto.
 
"¡Sandoval…, Sandoval…!"  llamaba Cortés.
 
Logró reunir cuatro jinetes. Eso fue todo. Los otros se habían arrojado ya desesperadamente, sin freno, entre la masa de indios, y de vez en cuando se les veía saltar en aquel torbellino. El coro fúnebre sonaba a su alrededor… "Esto ha terminado", pensó Cortés; pero saltó valientemente hacia la brecha.
 
Al pie de la pequeña colina estaba el cacique.
 
Las varas doradas de su litera formaban un marco suntuoso a su poderosa y fuerte figura. Delante de él estaban los jóvenes nobles con magníficas capas. Los criados sostenían en alto la litera para que desde allí pudiera dar sus órdenes.
 
 Águila-que-se-abate era un jefe poderoso de Tenochtitlán.
Había ordenado que los teules fueran sacrificados sobre la piedra de los dioses. El cacique estaba sentado con su gran diadema de plumas y una red de oro le caía sobre las espaldas en signo de su autoridad.
 
Los cinco jinetes se volvieron sobre sus monturas; Alvarado se les había unido; su cabellera roja volaba al viento; los caballos galopaban alocados… Era sobrecojedor cómo Malinche (Cortés para los aztecas), con su coraza de plata con adornos de oro, se precipitaba hacia delante con la lanza tendida, teniendo enfrente el rostro de la Muerte…. La escena que siguió fue inolvidable: un hombre, con los brazos abiertos, cayó bajo los cascos del caballo; una mano arrojó una piedra, que pasó por encima de la cabeza de Cortés; una flecha quedó clavada en la silla de montar; se oyeron gritos y aullidos. Pero Cortés no veía nada, no tenía otra meta ni otro pensamiento que aquella litera dorada rodeada por las brillantes lanzas de los jóvenes nobles… Todo se desvaneció en la litera del cacique; todo se convirtió en vértigo y torbellino…. Todos los obstáculos quedaron hechos polvo; todo duró una fracción de segundo; la mano de Cortés blandía la lanza…. Cuando se levantó, estaba frente al cacique, a su misma altura. En el rostro del cacique había una máscara de miedo, una expresión tal que Cortés se vió perseguido por esta visión en sus noches de insomnio, cuando volvió a España.
 
Era la última carta que jugaba Cortés, soldado inspirado por Dios, como creía él mismo. El pesado cuerpo del indio se tambaleó y cayó de bruces sobre la litera; un jinete saltó de la silla y con su daga de tres filos atravesó al caído, cortó las alas de la red de oro y la levantó para que todo el mundo, mejor dicho, para que ambos mundos pudieran ver que en aquel momento, por mágica suerte, por voluntad divina o por sabiduría del capitán general, se habia salvado Nueva España para don Carlos.
 
"EL DIOS DE LA LLUVIA LLORA SOBRE MÉJICO"
 
Autor: LASZLO PASSUTH
 
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